Capítulo 323. El fin de la sombra.

Maximiliano Delacroix

El silencio de la casa me recibió como un abrazo que no sabía que necesitaba hasta ese momento.

Cerré la puerta principal detrás de mí con suavidad, girando el cerrojo con una lentitud deliberada, como si con ese gesto metálico pudiera dejar fuera todo lo que acababa de ver y oír en la prisión de San Gabriel.

El olor a ozono, a sangre y a antiséptico barato se me había quedado pegado en la nariz, o quizás solo estaba en mi memoria, impregnando mis fosas nasales con el recuerdo de la muerte de Rivas y el rostro desfigurado de Luciana.

Dejé las llaves sobre la consola de la entrada. El tintineo sonó demasiado fuerte en la quietud de la noche.

Me quité la chaqueta del traje. Pesaba. Sentía que todo lo que llevaba puesto pesaba una tonelada, cargado con la gravedad de una tragedia que acabábamos de esquivar por milímetros.

Me aflojé la corbata, buscando aire, buscando deshacerme de la sensación de asfixia que me había acompañado durante todo el trayecto de vuelta.

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