Capítulo 322. Las mentiras cruzadas habían terminado.
Maximiliano Delacroix
El trayecto hacia la prisión de San Gabriel fue una borrosidad de luces de neón y asfalto mojado.
Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, pero apenas sentía el tacto del cuero.
Mi mente estaba atrapada en un bucle, repitiendo las palabras del director Méndez: “Su deuda está saldada”.
Cuando el imponente muro de hormigón y alambre de púas apareció ante mis faros, el lugar parecía una zona de guerra.
Había luces azules y ro