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Capítulo 322. Las mentiras cruzadas habían terminado.

Maximiliano Delacroix

El trayecto hacia la prisión de San Gabriel fue una borrosidad de luces de neón y asfalto mojado.

Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, pero apenas sentía el tacto del cuero.

Mi mente estaba atrapada en un bucle, repitiendo las palabras del director Méndez: “Su deuda está saldada”.

Cuando el imponente muro de hormigón y alambre de púas apareció ante mis faros, el lugar parecía una zona de guerra.

Había luces azules y rojas girando por todas partes. Patrullas de policía, una ambulancia forense probablemente para llevarse el cuerpo de Rivas y vehículos de prensa que ya empezaban a olfatear la sangre como tiburones.

Los guardias de la entrada me reconocieron. No hizo falta enseñar identificación; mi rostro y mi apellido abrían puertas, incluso las de este infierno.

—El director lo espera en la enfermería, señor Delacroix —me dijo un oficial joven, visiblemente nervioso.

Caminé por los pasillos que ya había visita
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