Capítulo 305. No eres nadie.
Me quedé sentada en la litera, con el corazón desbocado y las manos todavía ardiendo. Sentía la rabia como una segunda piel, pegada a mí, espesa, imposible de arrancar.
El pabellón estaba extrañamente silencioso.
No era el silencio normal de la noche, ese que se rompe con ronquidos, quejidos o conversaciones apagadas.
Era otro silencio.
Pesado, cargado y diferente.
Me pasé una mano por la cara, intentando ordenar mis pensamientos. No podía. Todo seguía girando alrededor de la misma frase: Cuarenta años. Me dieron ganas de vomitar. Pero no lo hice.
No iba a mostrar debilidad. No aquí. No delante de estas mujeres que me miraban como si fuera un animal enjaulado que acababa de golpearse contra los barrotes.
Me recosté contra la pared, respirando lento.
Escuché pasos. Lentos, arrastrados.
No levanté la cabeza. No me importaba quién era.
—Ey, Velasco.
La voz me obligó a mirar. Era una de las reclusas más grandes del pabellón, la que había visto más temprano mirando a la del costado herida