Capítulo 306. Aquí las cosas se pagan.
Una mano me sostuvo la mandíbula con una fuerza que no sabía que una mujer podía tener.
Mis gritos se volvieron sonidos ahogados. Desesperados.
Pataleé con todo lo que tenía. Logré darle una patada a alguien en la pierna. Un gruñido. Pero no aflojaron.
—Quietecita —dijo una—. No lo hagas más difícil.
Las lágrimas me brotaron sin permiso. De rabia. De impotencia. No de dolor. Aún no.
Esto no está pasando.
Esto no puede estar pasando.
—¿Sabes por qué es esto? —preguntó la que estaba frente a mí.
Negué como pude. El trapo me raspaba la garganta.
—Por la Flaca —continuó—. Porque aquí las cosas se pagan.
Intenté mover la cabeza. Decir algo. Suplicar, no. Nunca había suplicado y no iba a empezar ahora.
—Tranquila —dijo otra voz—. Todavía falta.
Esa frase me atravesó peor que cualquier golpe.
Todavía falta.
Sentí cómo me sujetaban con más fuerza. Alguien me inmovilizó las piernas. Otra me presionó los hombros contra la litera. No podía moverme. No podía respirar bien.
El pánico apareció por