Capítulo 306. Aquí las cosas se pagan.
Una mano me sostuvo la mandíbula con una fuerza que no sabía que una mujer podía tener.
Mis gritos se volvieron sonidos ahogados. Desesperados.
Pataleé con todo lo que tenía. Logré darle una patada a alguien en la pierna. Un gruñido. Pero no aflojaron.
—Quietecita —dijo una—. No lo hagas más difícil.
Las lágrimas me brotaron sin permiso. De rabia. De impotencia. No de dolor. Aún no.
Esto no está pasando.
Esto no puede estar pasando.
—¿Sabes por qué es esto? —preguntó la que estaba frente a mí.