Capítulo 24. Pronto volverán a escucharla.
Amy Espinoza
Uno de los mesoneros nos guió a la mesa, el murmullo de las voces se alzaba y caía como una ola contenida en aquel salón. Cada mesa estaba iluminada con lámparas cálidas que realzaban los tonos dorados y plateados del lugar. El aire olía a vino añejo, a carne al punto exacto y a perfume caro.
Yo, en cambio, olía a nervios.
La seda del vestido esmeralda me rozaba la piel como un recordatorio constante de que estaba fuera de lugar. Mis pasos sobre el mármol resonaban demasiado fuerte