Capítulo 24. Pronto volverán a escucharla.
Amy Espinoza
Uno de los mesoneros nos guió a la mesa, el murmullo de las voces se alzaba y caía como una ola contenida en aquel salón. Cada mesa estaba iluminada con lámparas cálidas que realzaban los tonos dorados y plateados del lugar. El aire olía a vino añejo, a carne al punto exacto y a perfume caro.
Yo, en cambio, olía a nervios.
La seda del vestido esmeralda me rozaba la piel como un recordatorio constante de que estaba fuera de lugar. Mis pasos sobre el mármol resonaban demasiado fuerte, como si todo el salón supiera que yo no pertenecía allí.
Maximiliano caminaba a mi lado, dueño absoluto del espacio. Saludaba con un leve gesto de cabeza, esa clase de saludo que no necesitaba presentación. La mayoría de la gente lo reconocía, se inclinaba hacia él, lo recibía como si fuese un rey en su propia corte.
Yo me sentía una intrusa en un escenario equivocado, quizás antes de haber estado con Adrián todo había sido distinto, pero ahora me sentía insegura, quizás por la desconfianza qu