VICTORIA VALOIS
El silencio de la casa siempre había sido mi refugio, pero hoy se sentía como una soga apretándose alrededor de mi cuello. Elizabeth se había ido al pueblo. Su partida fue apresurada, envuelta en ese halo de misterio que la rodeaba últimamente. No me dio explicaciones, solo me recordó que no debía esforzarme y que las vitaminas estaban sobre la mesa. Pero en sus ojos vi una inquietud que no pudo ocultar, una chispa de urgencia que me puso en alerta.
Desde que mi vientre empezó a