VICTORIA VALOIS
El espejo astillado sobre el lavabo de piedra no me devolvía la imagen de una heredera. Durante meses, el desierto se había encargado de devorar, centímetro a centímetro, a la mujer que alguna vez fui. Ya no había rastro de la seda, del perfume francés o del brillo frío en mis ojos que solía congelar la sangre de mis subordinados.
Me miré las manos. Estaban ásperas, con la piel endurecida por el trabajo constante en la tierra y las uñas cortas, marcadas por la suciedad honesta