VICTORIA VALOIS
El motor del coche viejo producía un traqueteo constante, un sonido rítmico que me sumergía en un trance hipnótico mientras dejábamos atrás los restos de mi vida anterior. A través del cristal empañado, vi cómo la espesura del bosque se transformaba en un páramo desierto y monótono. El paisaje era una extensión infinita de tierra gris y arbustos secos bajo una luna que se negaba a iluminar el camino.
A mi lado, la mujer que se hacía llamar Elizabeth conducía con una calma que me