VICTORIA VALOIS
La oficina se sentía demasiado grande, demasiado fría. Max ya no estaba allí; Marcus se lo había llevado de vuelta al sótano hacía apenas unos minutos, y el eco de sus pasos aún parecía vibrar en el aire. Me serví otra copa, mirando el escritorio donde, poco antes, el hombre que una vez fue el dueño de Nueva York se había sentado a procesar su propia destrucción.
Me sentía poderosa, pero esa náusea que me acosaba desde temprano no desaparecía. Era como si el silencio de la mansi