VICTORIA VALOIS
El silencio de mi oficina siempre había sido mi trofeo, una prueba irrefutable de que, bajo mi mando, el mundo funcionaba con la precisión de un mecanismo de relojería suizo. Pero hoy, ese silencio se sentía denso, casi sólido, como el aire en una cámara funeraria antes de sellar la losa.
Sobre mi escritorio de obsidiana descansaba la carpeta blindada. Su peso, sin embargo, no era físico. Era el peso de una lápida. Dentro, los documentos firmados por Maximilian Ferrero gritaban