MAXIMILIAN FERRERO
El silencio en la biblioteca de la mansión Valois no era una ausencia de sonido, sino una presencia física; una presión en los oídos que te recordaba que cada palabra que no decías era una pequeña victoria para el enemigo. Victoria se había marchado a la ciudad después de aquel desayuno cargado de humillación, dejándome bajo la custodia de Marcus.
Me encontraba sentado en un sillón de cuero Chesterfield, con un volumen de Gibbon sobre el regazo, sintiendo cómo el frío de la n