MAXIMILIAN FERRERO
El agua caliente no se sintió como un alivio; se sintió como mil agujas clavándose en mi piel congelada.
Estaba de pie bajo el chorro de la ducha, apoyando la frente contra los azulejos negros, mientras el vapor llenaba el baño. Mis manos, todavía entumecidas por la noche a ocho grados, temblaban al intentar sostener la pastilla de jabón. No era un temblor de miedo, sino una reacción fisiológica que no podía controlar. Mi cuerpo estaba en shock térmico.
Detrás de mí, la puert