MAXIMILIAN FERRERO
El aire dentro del despacho de Victoria era denso, saturado con el perfume metálico de una paranoia que ella intentaba ocultar tras una máscara de control absoluto. Al entrar, empujado por la mano firme de Marcus, la encontré de pie frente al ventanal. No estaba sentada en su trono de cuero; caminaba de un lado a otro con una energía cinética que delataba un sistema nervioso al borde del colapso.
Victoria nunca caminaba sin rumbo. Ella siempre se movía con la precisión de una