—¿Qué diablos haces aquí, Marcus? —escupí las palabras con todo el desprecio que pude reunir, intentando recuperar esa arrogancia de niño rico que sabía que le hervía la sangre y le nublaba el juicio—. Sal de mi habitación ahora mismo antes de que le diga a Victoria que te despida.
Quería que me odiara. Quería que se enfocara en mi voz, en mi cara, en su complejo de inferioridad de clase, y no en la máquina que zumbaba detrás de mí, terminando (o no) de procesar datos.
Marcus se detuvo a un met