VICTORIA VALOIS
El despacho estaba sumido en un silencio denso, únicamente interrumpido por el repiqueteo rítmico de la lluvia contra los ventanales blindados. Mi mente, sin embargo, era un hervidero de ruido estático. Marcus se había marchado hacía apenas diez minutos, con la frustración tensándole la mandíbula y los puños cerrados, tras darse cuenta de que romper la computadora de Maximilian no le garantizaba el acceso inmediato a mi cama.
No todavía. Un perro de presa recibe su premio cuando