VICTORIA VALOIS
Entré en la habitación de Maximilian con la misma parsimonia con la que un coleccionista entra en su cámara privada. No eran horas de dormir, pero en este ala de la mansión, con las persianas selladas y el reloj desterrado, el tiempo era una invención mía. Max estaba sentado en el borde de su cama, con la mirada perdida en la pared opuesta. Al oírme entrar, se puso en pie de inmediato. Su cuerpo ya había aprendido a reaccionar a mi presencia con una mezcla de alerta y necesidad.