Las semanas pasaron como una tortura lenta para Carol. Cada mañana en la universidad era un campo de batalla donde el lujo de Dante y Viviana se sentía como un insulto personal. Mientras ellos bajaban de coches deportivos y se besaban frente a todos, presumiendo viajes y joyas, Carol escondía sus manos temblorosas en los bolsillos de un abrigo viejo. No solo cargaba con los cobradores que acosaban a su padre; ahora cargaba con el peso de la palidez de Estrella, que se marchitaba día tras día.
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