—¿Has cambiado, Thamires? —murmuró él mientras abría lentamente los ojos.
El verde de su mirada centelleaba.
Pero no de ternura.
Sino de hielo.
—Me traicionaste con mi mejor amigo… dentro de mi propia casa. Eso no fue un error.
Fue una sentencia.
Las falsas lágrimas comenzaron a deslizarse con más intensidad por el rostro de Thamires.
—Era una chica inmadura, Augusto… No sabía lo que quería. Pero ahora sí lo sé. Y sé que sigues siendo tú. Siempre has sido tú.
Él hizo girar el vaso entre los ded