La alarma del teléfono comenzó a vibrar dentro del bolso abandonado en un rincón, y Eloise abrió los ojos de golpe. El corazón se le aceleró incluso antes de darse cuenta de dónde estaba.
El techo desconocido.
Las sábanas que no eran las suyas.
La camisa holgada cubriendo su cuerpo.
Y, frente a ella, sentado en un sillón, Augusto Monteiro.
Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, el rostro serio, pero los ojos fijos únicamente en ella.
Durante unos segundos, ninguno de los dos