Ya en el coche, ambos viajaban en silencio.
Eloise mantenía la mirada perdida a través de la ventanilla, aunque en realidad no veía las calles pasar.
Las palabras de Augusto seguían resonando en su mente, como si se hubieran grabado en su piel.
“Entonces, deja que suceda.”
¿Y si sucedía?
¿Y si era real?
Su corazón se aceleraba, dividido entre el miedo y el deseo.
Cuando el automóvil redujo la velocidad y se detuvo frente a la sencilla casa, el peso de la realidad cayó sobre ella de golpe.
¿Cómo