Eloise volvió a su escritorio con pasos calculados, mientras su corazón intentaba desacelerar.
El lápiz labial discretamente retocado ocultaba las huellas del caos que había sido aquel ascensor.
Se sentó con elegancia, los ojos fijos en la pantalla y los dedos sobre el teclado…
pero su mente estaba lejos.
Muy lejos.
Augusto siguió directamente hacia su despacho. Su expresión era la de siempre: fría, inalcanzable.
Pero por dentro hervía.
El sabor de su beso seguía presente.
El tacto de