Eloise y Nathalia llegaron a la cafetería de la empresa, una sala amplia con mesas discretas, una barra de café y vista al patio interior. Era el lugar donde los empleados podían respirar sin el peso de la formalidad.
— Te juro que estaba contando los minutos para tomar un café —dijo Nathalia, animada—. ¿Y con pastel de chocolate? Esto ya es casi un milagro.
— Los milagros deben compartirse —respondió Eloise con una sonrisa cómplice, extendiéndole el plato.
Se sentaron cerca de la ventana. El p