—¡Dios mío, señora Anderson\! —Carla agarra el paño para cubrirla— Ha permanecido mucho tiempo en la bañera, debe salir —dijo con gran preocupación, pero a Alice no pareció importarle, ya no le importa nada—. Por favor, no se deje apagar, por favor, ¿qué puedo hacer por usted, señora? —se agacha para quedar casi a su nivel—. ¿Desea que llame a sus padres? ¿A la señora Anderson? ¿Qué hago? —la bombardea de preguntas que Alice solo responde con un suspiro. Un largo suspiro que muestra el vacío que