Alessandro apoyó ambas manos sobre la mesa de su despacho improvisado y exhaló con frustración. No le gustaba esta situación. Tener a la mujer ahí, sin saber quién demonios era realmente, lo ponía en una posición vulnerable.
Sacó su teléfono y marcó un número.
—Aristide.
—Jefe.
—Necesito que averigües todo sobre la doctora Harris. Quién es, de dónde viene, qué demonios está ocultando.
—¿Tengo que ser discreto?
—Por ahora, sí. Y escucha bien: nadie entra y nadie sale de este lugar sin mi autoriz