La brisa aún olía a sangre y a miedo. Logan caminaba entre los restos del claro donde yacia la loba muerta. Su cuerpo estaba tenso, sus sentidos alertas, y su mandíbula apretada de pura rabia. Todo en él gritaba por respuestas.
—Llévala a la casa —le dijo a Luca sin girarse, sin mirar a Mía—. Asegúrate de que esté bien. No quiero que salga de ahí hasta que yo lo diga.
Luca asintió con respeto. Se volvió hacia Mía, quien estaba sentada en una piedra, con el rostro pálido y los ojos clavados en