Mientras tanto, en lo más profundo del bosque, la anciana se apartó lentamente, con un temblor en las manos que no provenía de la edad sino del poder que comenzaba a descender sobre la tierra.
Sus ojos opacos, cansados, se clavaron en el resplandor rojizo que se elevaba en el horizonte. La luna, redonda y sangrienta, emergía despacio, bañando con un resplandor inquietante las copas de los árboles y la piedra antigua del círculo donde Mía yacía.
La mujer, que había intentado en vano romper la marca de Logan en el cuerpo de la joven, sabía que ese instante marcaba el final de su intervención.
Se giró hacia Jack, que estaba a pocos pasos, con el ceño fruncido y los colmillos apenas asomando en una mueca de frustración.
—Por ahora… no podrás hacer absolutamente nada —le dijo con voz grave, como un eco que parecía salir no de sus labios, sino de los siglos que cargaba en los huesos.
Jack apretó los puños con fuerza. La vena de su cuello se tensó, la ira crispando su rostro. Maldijo en v