Mientras tanto, en lo más profundo del bosque, la anciana se apartó lentamente, con un temblor en las manos que no provenía de la edad sino del poder que comenzaba a descender sobre la tierra.
Sus ojos opacos, cansados, se clavaron en el resplandor rojizo que se elevaba en el horizonte. La luna, redonda y sangrienta, emergía despacio, bañando con un resplandor inquietante las copas de los árboles y la piedra antigua del círculo donde Mía yacía.
La mujer, que había intentado en vano romper la