El silencio del cementerio aún lo perseguía como un eco imposible de acallar. La tierra húmeda que cubría el féretro de Jacop parecía pesar más que cualquier montaña sobre los hombros de Logan.
La ceremonia había terminado, los guerreros se habían retirado con miradas sombrías y Mía, quebrada en lágrimas, había sido llevada Luca y otros a descansar. Pero Logan seguía ahí, inmóvil, como si el mundo hubiera dejado de girar.
Cuando al fin regresó a su despacho, el aire se sentía demasiado denso.