Esa tarde, Alfa Lysander hizo llamar a Beta Itan. La sala estaba silenciosa, solo con la luz que entraba por los ventanales, y el aire olía a madera y cuero. Lysander estaba de pie, con los brazos cruzados, esperando a su beta con una seriedad que raramente mostraba.
Itan entró con pasos medidos, curioso y algo nervioso. Lo primero que notó fue la expresión grave de Lysander, y supo que algo importante estaba por suceder.
—Pasa, Itan —dijo Lysander con voz firme, pero con un dejo de calma—. Deb