Itan bajó la mirada.
El silencio de la plaza parecía aplastarlo. Miles de ojos estaban puestos sobre él, pero en ese momento el verdadero combate no estaba afuera… sino dentro de su mente.
Su lobo interior rugía con fuerza.
“Acéptalo…”, gruñó la voz salvaje dentro de él.
“Seremos aún poderosos. Seremos el jefe del ejército. Tendremos a nuestra mate para siempre. No perderemos nada.”
Itan apretó los dientes.
“No lo entiendes”, respondió mentalmente, con frustración.
“Si acepto… dejaré de estar a