—¡Es una traidora! ¡Una traidora! ¡Debemos matarla! —el grito resonó en la sala de la manada, sacudiendo los cimientos de cada alma presente. La furia y la rabia eran palpables, y Meissa supo que no podía quedarse allí un segundo más.
El aire se volvió denso, cargado de miedo y de peligro inminente, y su corazón latía tan rápido que parecía querer estallar en su pecho. Cada latido le recordaba que, si la atrapaban, no habría clemencia. Era la traidora de la manada, la que había herido al Alfa Ly