Meissa estaba destrozada.
El dolor del rechazo aún latía en su pecho como una herida abierta, imposible de cerrar. Su cuerpo, agotado por la lucha, la tristeza y la humillación, finalmente cedió, y el sueño la arrastró sin piedad hacia la oscuridad.
Pero no fue un descanso.
Fue un llamado.
Se encontró de pie en un bosque oscuro, envuelto en una niebla tenue que parecía respirar con vida propia. Los árboles eran altos, antiguos, sus ramas retorcidas como si guardaran secretos milenarios. Frente