Layla miró al Alfa, y de repente sus fuerzas cedieron. Cayó de rodillas ante él, con la cabeza inclinada y los hombros temblorosos. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y su voz temblaba mientras suplicaba:
—¡No soy una traidora! ¿Ya no me quieres, mi hermano Alfa? Mamá dijo que Luna Meissa hizo algo malo, y yo le creí… —Su voz se quebró, el sollozo escapando entre sus dientes apretados.
Al ver a su hermana así, el corazón del Alfa se contrajo.
A pesar de toda la tensión, del dolor que la re