El astil quiso negarse, sin embargo, pareció recordar algo y con la acostumbrada actitud avergonzada que siempre tenía, llamó a uno de los soldados que custodiaban la entrada.
— ¡Luna gloriosa! —me saludó el recién llegado—. ¡Luna de paz!
— ¡Dízaol! —Chillé al reconocerlo.
Corrí a saludar a mi amigo y el abrazo efusivo que compartimos, abrumó un poco a Wuisse y a su tío, que prefirieron abandonar la alcoba inmediatamente.
—Me alegró mucho de verla, majestad—me dijo—. Aunque estaría más tranquil