—Su majestad ha sido muy astuta— me elogió el astil del agua—. Si no fuera por usted, la situación no marcharía tan bien para nosotros.
—Señores míos— les dije, a la vez que mordía una fruta y los salpicaba—. Los bárbaros no se olvidan de que soy una Édazon y me lo recuerdan cada vez que intentan matarme, por eso ustedes tampoco deberían olvidarlo.
Todos nos echamos a reír y compartimos las frutas para celebrar, pero no tuvimos mucho tiempo en el que gozar de la tranquilidad, puesto que comenza