No había una sola alma cercana a mí, que no advirtiera cuanto lo extrañaba, cuanto languidecía sin sus besos; hasta sentía dolor en los brazos por no poder abrasarlo y rogaba porque su olor recompensara las náuseas que tanto ajetreo me producían cada día.
Como nunca, vigilé los ruidos en el castillo, aguardando a escuchar el anuncio de los mensajeros que me traerían buenas noticias, pero fue el astil de la tierra quien se animó a avisarme de la llegada de un grupo de actores, con los que espera