Me incorporé despacio, esperando recuperar el aliento que tanta emoción entorpecía ya al voltearme, encontré a mis súbditos de rodillas, profundamente estremecidos por lo que acababan de escuchar.
—Debemos partir cuanto antes— le avisé a mis doncellas.
Los astiles se apresuraron a despedirse, colmándome los oídos con nuevas recomendaciones y expresando su temor de que el viaje pudiera perjudicarme; pero contrario a lo que todos esperábamos, en cuanto el aire me despeinó un poco, atravesando los