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Quería recorrer cada rincón escondido de ese castillo, hablar con mi esposo, llegar a conocernos como correspondía a una pareja que se amaba y se me ocurrió que ya era hora de conocer sus aposentos.

—Nunca he estado aquí— le señalé, mientras atravesábamos las puertas de sus aposentos—. Ni siquiera mi padre me permitió visitarlo, porque respetaba demasiado nuestras tradiciones como para fallar en algo.

El sol entró por las ventanas abiertas, donde se recogían a los laterales, el cortinado dorado
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