Solo un rato más tarde, pude probar algunas de las frutas azucaradas que me ofrecieron y decidí concederles audiencia a las madres de familia que se presentaban en el castillo, para felicitarme y hacerme llegar peticiones.
Ahora me tomarían en serio, no por el hijo que esperaba, sino por el respeto que exigía mi esposo a la hora de tratarme y eso me daba la libertad suficiente como para poner en acción todos esos planes que tenía, con el fin de ayudar al pueblo de Áthaldar.
Le escribí a mi tío,