A la mañana siguiente
Danika abrió los ojos y bostezó. Tenía el pelo revuelto y miró a su alrededor buscando a Caleb.
—¿Se fue? —preguntó al vacío.
El silencio en la habitación fue su única respuesta. Danika se incorporó, frotándose los ojos, intentando despejarse del sueño. Observó la ropa esparcida, la cama deshecha y el espacio que Caleb debería haber dejado.
Sintió una punzada en el pecho, una mezcla de decepción y confusión. ¿Por qué se había ido sin decir nada? ¿Sin siquiera despedirse?
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