Dante cumplió treinta y cinco años en silencio. No hubo celebración, no quiso una. Se sentó solo en su estudio, mirando mapas de territorios que había unificado, tratados que había negociado, victorias que había ganado.
Y sintió vacío.
—¿Qué haces aquí solo? —Luna preguntó, entrando con taza de té.
—Pensando—, Dante respondió sin mirar.
—¿Sobre qué?
—Sobre el hecho de que he logrado todo lo que me propuse lograr— Dante dijo lentamente. —Recuperé mi manada. Derroté a los Alfas Caídos. Establecí