Capítulo 9: Buen trabajo

―¿Cansada?

Se aventuró Helena con aquella pregunta, midiendo qué tan accesible era la dama.

―Sí. Un poco ―comentó con cansancio.

La mujer era delgada y su edad era avanzada. Su cabello era completamente castaño oscuro, sin canas. Su vestido sencillo de azul marido, tenía unas mangas largas y la falda llegaba hasta las rodillas.

―¿Desea que le traiga algo de beber? ―Helena no pudo evitar ser servicial. Manías que obtuvo cuando fue una mesera.

La señora se sorprendió y negó con cariño. Helena no presionó, le dio tiempo para que ella iniciara una conversación. Pero la dama tenía la mirada perdida y esperó otro momento antes de preguntar:

―¿Se encuentra bien?

La dama le dio una sonrisa forzada y ella comentó que estaba un poco triste. Helena la escuchó. Sabía que a las personas les gustaba ser escuchadas, sin interrupciones, una vez que se sentían cómodas.

Madam Dubois, no fue la excepción, conversó largo y tendido sobre su querida nieta que salió al extranjero para estudiar.

Helena la consoló y celebró las buenas noticias. Madan Dubois agradeció aquellas palabras.

Conversaron sobre plantas, mascotas y un sinfín de temas cotidianos. Más que todo, Helena escuchó. Se limitó a sonreír y reservó cualquier comentario no pedido.

Otra señora llegó al pasillo y Madan Dubois se despidió de ella, se retiró con la señora.

Lastimosamente, no intercambiaron nombres ni cualquier tipo de forma de contacto. Helena sintió que había fallado en la misión.

Se quedó otro rato en el pasillo y buscó a Russell luego de tomar coraje para enfrentarlo. Lo buscó por el salón, pero vio aquel pilar pálido de cabello y ojos oscuros.

Caminó hacia él. Russell vio que el ánimo de Helena había decaído bastante. Ella esquivó su mirada y se paró a su lado con los brazos cruzados. No actuó coqueta ni le agarró el brazo como al principio.

―¿Qué pasó? ―preguntó.

Helena no respondió de inmediato.

―Fallé... ―murmuró por lo bajo.

A pesar de la música jazz de fondo y la conversación de otras personas que no midieron el volumen de su voz, él la escuchó.

―Te vi en el pasillo con ella. ―Comentó de forma descuidada.

―No me dio su nombre. Ni siquiera me dio un correo o algún número de teléfono.

―¿Conversaron? ―Russell fue paciente.

―Me comentó que estaba triste porque su nieta se iba del país, también platicamos de sus plantas y su mascota. ―Ella se encogió de hombros―. Lo normal.

Helena percibió un pesado silencio a su lado. Elevó la cabeza para verle. Se le hizo la piel de gallina cuando una sonrisa espeluznante apareció en la cara de su jefe/marido.

―¿Te dijo quién era su nieta y hacia dónde iba? ―preguntó Russell con aquella sonrisa macabra y la mirada fija en el evento.

―No, solo mencionó que iba al occidente.

Los ojos de Russell se clavaron en ella. Apretó la mandíbula luego de ver la cara de pánico en Helena. Suprimió la sonrisa y deseó beber alguna copa.

―Buen trabajo. ―La felicitó con un tono plano.

Helena se quedó quieta en su lugar. Se dijo a sí misma que aquello fue una ilusión extraña y regresó su mirada al evento.

―Aun así, no conseguí nada ―dijo con tristeza.

―Ella no tiene nietas.

El comentario de Russell le hizo saltar una alerta. Miró a su jefe/marido, tranquilo, con un aura de indiferencia.

―Ni hijos. ―Él agregó.

Helena sintió que había algo sospechoso. Estaba claro que a Russell le sirvió ese detalle, ¿para qué? No tuvo idea.

Así que esperó hasta que él le diera otra misión, o tal vez estuviera dispuesto a compartir información con ella.

***

Sentada en una esquina de la recepción, Helena comió su almuerzo ya frío.

Rogó para que nadie la interrumpiera, quería comer tranquila, pero fue en vano. Un encargado de paquetes llegó con una entrega.

Helena tragó en seco el bocado y le atendió. Su teléfono vibró, ella lo ignoró y terminó con su trabajo.

Cuando se desocupó y verificó la llamada:

«Jefe/Marido»

Helena se escondió detrás del escritorio y devolvió la llamada con nerviosismo.

―¿Dónde estás? ―La fría voz de Russell le dio escalofríos, no le disgustó.

―En mi trabajo, ¿por qué?

Escuchó a Russell expulsar el aire. Luego dio una orden de “cancelen todo”. A Helena le resultó extraño.

―Cuando yo te llame, debes atender rápido. ¿Entendido?

―No puedo, lo tengo prohibido ―dijo, no con ánimos de pelear, eran reglas de la empresa.

―Manda tu ubicación. ―La orden seca de Russell le molestó.

Helena protestó, pero él ya había colgado. «Vaya humor», se dijo. Envío lo que pidió y siguió con lo suyo como si nada.

A los pocos minutos, Russell la atrapó en medio de una llamada a la línea fija. Él tomó el teléfono de su mano y lo colgó.

La tomó de la muñeca y la arrastró hacia fuera.

―¡¿Qué le pasa?!

Helena luchó por liberarse. Atravesaron las puertas de la pequeña empresa; el guardia de seguridad había sido arrinconado por los guardaespaldas de su jefe/marido.

―¡Suélteme! ―Le gritó, frente al edificio.

Los guardaespaldas sudaron al ver cómo la dama se plantó frente al jefe.

Ambos se miraron de forma desafiante, y Russell nunca la soltó.

Helena estaba tan agotada que decidió romper el contacto visual. Tenía hambre, le dolían los pies y el maldit0 le estaba haciendo las cosas más complicadas.

―Por si usted no lo sabe, tengo una casa que sostener. No puedo irme ―explicó con lentitud, por si no le entraba a la cabeza.

―Tú eres la señora Russell. No necesitas trabajar, renuncia ―dijo en tono seco.

Helena prefirió reírse.

―No. ―Ella fue tajante.

Intentó soltarse de su agarre, pero él fue más terco.

―Trabaja para mí, te pagaré el doble.

Helena expulsó el aire ante el comentario de su jefe/marido. Le desafió con la mirada. Él era tan sereno, como siempre lo fue. Quiso romper un poquito esa calma.

―Dame diez veces mi salario actual.

―Hecho.

Las cejas de Helena saltaron ante la respuesta rápida.

No se lo creyó, se preguntó si había perdido la cabeza.

Le dio un vistazo a Russell, y por primera vez, pudo ver unas gotas de sudor en esa frente pálida. Lo analizó bien y se dio cuenta de que él y el grupo, todos, estaban tensos y agitados.

―Russell, ¿qué está ocurriendo? ―preguntó con seriedad.

Russell desvió la mirada. Helena dio un vistazo a los guardias, esperó quién soltaba la lengua. Todos sellaron sus bocas.

Encontró a Ulises, pero él de inmediato se tapó la boca con ambas manos.

Helena se sintió traicionada.

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