Mundo ficciónIniciar sesión―Russell...―La voz de Helena se tornó peligrosa.
Ambos se miraron en silencio, otra vez. Ninguno de los dos quiso retroceder.
―Señor, debe contarle. ―Un hombre emergió entre el grupo―. La manada ya está enterada, no hay razón para ocultarlo.
Helena le dio un vistazo. El hombre, de cabello castaño, tenía un aura pesada.
No supo si fue por el cabello de corte militar o la mandíbula marcada. O por esos ojos marrones que daba la sensación de tristeza a primera vista. Pero si lo mirabas detenidamente, podías notar que estaban muertos por dentro. El brillante Ulises junto a ese hombre hizo notar más esa aura lúgubre.
Fue inquietante para Helena. Russell suspiró impotente.
―Atacaron a mi madre ―murmuró.
―¡¿Cómo?! ―Helena gritó con asombro, ¿quién en su sano juicio atacaría a la gran Luna de la manada?―. ¿Está bien? ¿No fue herida, verdad?
Él permaneció en silencio. Helena vio a su alrededor, se dio cuenta de que no era el lugar correcto para la conversación.
―Ulises, trae mis cosas ―ordenó y jaló la mano de Russell.
Él fue obediente y Russell también. Ambos ingresaron al auto y estando a solas:
―¿Qué pasó? ―Helena no disimuló su nerviosismo.
―Se intoxicó un poco con el humo. Ya la estabilizaron en el hospital.
Al escucharlo, Helena agradeció a la Diosa.
―¿Pero cómo sucedió? ¿Cómo lograron llegar a ella?
Russell no quiso responder.
―No estoy pidiendo información del caso, solo quiero saber cómo mi suegra fue atacada.
Ni con aquellas palabras, Russell soltó alguna palabra. Helena se hartó de aquella actitud.
Con aquel silencio mortal. Ambos llegaron al hospital. Helena, llena de ira, caminó hacia el ascensor; sabía que, aunque llorara o pataleara, él no abriría la boca.
Más frustrada se sintió.
«¿Por qué tanto secretismo? ¿Qué tanto quería ocultar?». Una idea terrible pasó por su cabeza: «¿realmente papá mató al Alfa?».
Cruzó los brazos, sintió frío en sus manos y pies a pesar de que el ascensor estaba bien ventilado. Negó ese pensamiento, pero la idea estuvo ahí, como una espina clavada en el corazón.
Juntos se dirigieron hacia la habitación de Gloria. A la distancia encontró a su madre, conversaba con una anciana en la sala de espera del hospital.
―Hija... ―La madre de Helena, la saludó con una sonrisa y un abrazo.
―¿Linda, ella es Helena? ―La anciana a su lado preguntó―. ¡Cuánto has crecido!
La anciana la abrazó, y Helena le dio una mirada a Linda. Su mamá captó la pregunta silenciosa.
―Ella fue partera, me ayudó cuando tú naciste. ―Le dijo con una gran sonrisa, una que Helena no vio desde que su padre murió.
―Pero ahora solo soy una curandera, vine a ayudar a la Luna de la manada. ―Agregó la anciana.
Las tres conversaron con rapidez, pues Russell se había adelantado a visitar a Gloria. Helena, al terminar sus saludos, con cuidado, entró a la lujosa habitación.
Gloria tenía su habitual mirada de indiferencia, aunque teñida con una ligera somnolencia. Intercambiaron saludos, conversaron un poco, pues otros visitantes querían ver a la Luna, Alfa de la manada.
Y cuando ambos salieron de la habitación, Helena tuvo una sensación horrible.
«Si la Luna fue tocada, ¿qué nos espera a nosotras?» Pensó.
Russell caminó con tranquilidad hacia la salida y ella le siguió de inmediato. Helena pensó que ya no podía permanecer quieta esperando que alguien apuntara su cabeza con una garra.
Así que se intentó una vez más, se acercó a él y se aferró a la manga de la chaqueta azul marino.
―Sé que no quieres decirme nada, pero... dime, ¿acaso, mi padre, si tuvo algo que ver? ―susurró.
A Helena le dolió hacer aquella pregunta, su garganta se apretó por miedo, tristeza e impotencia.
Russell detuvo sus pasos, se tensó ante el toque y voz de Helena. Fue un pequeño jalón en su manga, pero él sintió que ella había tirado de cada una de las fibras de su cuerpo. Incluso su voz suave fue un toque al alma para él.
Se giró con lentitud. Ambos se miraron con intensidad.
Él se acercó y pensó en cómo hacerla retroceder, pero un mechón de cabello le distrajo. Extendió la mano para tomar el rizo cobrizo que descansó sobre el hombro. Ella esperó con paciencia a que él terminara de tontear.
―A veces saber menos, es la mejor protección ―dijo con suavidad.
Helena apretó los labios, no quería explotar, pero su manera de alejarla la estaba cansando. Le quitó el mechón de cabello y se acercó a él con furia.
―Atacaron a mi suegra, ¿quién será el siguiente? ¿Mi mamá, yo? ―Le susurró en la cara.
La mandíbula de Russell se tensó y las venas de su cuello resaltaron, le molestó la pregunta y se sintió débil ante su cercanía. Su mirada se tornó fría.
Helena no retrocedió.
―¿Quieres m0rir? ―Él preguntó entre gruñidos.
―No, pero quiero saber quién puede estar detrás de mí.
Russell gruñó. Fue un gruñido gutural. Se giró con una rabia contenida.
―Vamos. ―Fue el grave comando.
Helena trató de seguirle el ritmo, pero los largos pasos de Russell casi la dejaron atrás. Subieron al auto y viajaron en completo silencio.
Ella sabía que había pinchado al gran lobo, pero ya estaba harta de permanecer en la penumbra. Quería respuestas y estaba segura de que Russell tenía muchas, pero por alguna razón no quiso dar.
«¿Protección? ¡Ja! Sí, claro...» Ella no creyó.
El vehículo entró en un viejo almacén. Russell bajó sin esperarla. Él dio órdenes con una voz casi distorsionada y Helena le siguió en silencio.
Entraron a una habitación poco iluminada. Sus hombres nerviosos prepararon el sitio con luces y mesas.
Helena también se sintió nerviosa, pero no retrocedió.
Cuando la habitación estuvo lista con una mejor iluminación y varios equipos, Russell inspeccionó los objetos y el arnés de torso para seguridad.
―Ven ―ordenó, Helena tembló ante su voz potente.
Él la miró de pies a cabeza. Ella se vio la ropa: camisa de tela sin mangas floreada, falda marrón ceñida a su cintura y larga hasta las rodillas.
―Quítate los zapatos. ―Ladró el jefe/marido.
Helena vio sus viejas zapatillas negr4s, había olvidado cambiarlas con los zapatos de tacón que escondió en la recepción. Se las quitó como él ordenó.
Russell le colocó aquel arnés de color naranja chillón, con una cadena en la parte trasera, y la ajustó al pecho. Helena se dio cuenta de que la cadena estaba conectada a un aro en el piso, y sintió su busto demasiado apretado.
Ordenó que estirara los brazos al frente y le colocó unos grilletes de cuero negro en las muñecas.
Russell se quitó la chaqueta y la colocó en una silla. Expulsó a sus hombres y les dio más indicaciones antes de cerrar la puerta él mismo. Regresó, el chaleco azul marino se le ciñó al torso.
Helena no pudo evitar dar un vistazo hacia la silueta, amplio pecho y estrecha cintura. Él dobló las mangas en sus antebrazos y revisó los utensilios en la mesa.
Ella se obligó a calmarse. Russell no le haría daño, ¿o sí?
Su jefe/marido tomó algo pequeño, se dio la vuelta y Helena vio el bisturí en su mano. Tragó saliva, pero no protestó. No se arrepentiría.
―¿No vas a preguntar qué voy a hacerte? ―Russell preguntó con una media sonrisa tétrica.
―No...―habló con los nervios a flor de piel―. ¿Debería?
Él se acercó a ella. Jugó con aquel bisturí plateado. Sus ojos oscuros la miraron con intensidad. Parecía disfrutar el momento.
Helena no retrocedió.
¡Hola! Solo quería contarte que esta novela la estoy escribiendo en el momento. Estoy haciendo lo posible por traer capítulos diarios, bien editados y mejor desarrollados. Pido disculpas si hay errores o no se entiende algo. Cuártame en los comentarios que tal te resulta o sugerencias. Te leeré. Y gracias por leerme.







