La mente de Russell fue un completo caos.
Había sido abrumado por una serie de emociones y sensaciones que no le pertenecían. Miedo, dolor, tristeza… y sobre todo.
«¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Que alguien me ayude!». Pensamientos ajenos resonaron en su mente. Nada de aquello fue suyo, pero aun así lo vivió en carne viva.
«Jack ¡Jack!», una y otra vez, aquella voz femenina gritó su nombre.
Aquel cúmulo de pensamientos, emociones y sensaciones alimentó la desesperación en Russell. Con ansias por buscar