Debido al cansancio, un dolor de cabeza la obligó a parar.
En una oficina lujosa, de a saber quién, Helena leyó una y otra vez los papeles del contrato, pero no entendió nada de aquello. Por algo había iniciado sus estudios en una carrera distinta a la de abogacía.
Frustrada, dejó el papel.
―¿Necesita ayuda en algo? ―preguntó el abogado, un señor mayor que casi no tenía cabello en la coronilla.
―No... solo.
―Apresúrate, firma y luego pregunta ―ordenó el señor Russell.
Él ya había firmado e incluso se había alejado. Se había colocado junto al enorme ventanal para tomar una llamada. Helena apretó los labios, no dispuesta a contestar.
Intentó una vez más, pero prefirió pedirle un resumen al abogado. El señor amablemente le explicó a detalle. A Helena solo se interesó unas pocas cosas, como el desempeñar el papel de “señora Russell”, por tres años. Le resultó curioso las cláusulas sobre el divorcio, en especial una en la que podían romper el lazo antes de la fecha, sin castigo. Pero esto solo podía ocurrir una vez que el señor Russell ascendiera como Alfa de la manada y ambos estuvieran de acuerdo.
Lo ignoró, porque le interesó más la recompensa después del divorcio. Pero Helena iba a recibir una compensación solo si ella renunciaba a la división de bienes del señor Russell.
Se imaginó que el contrato no la favorecería, pero le dio igual, así que aceptó. Pues en el mismo contrato, el señor Russell se había comprometido a mantener a salvo a su madre y a ella. Y eso valió más que cualquier riqueza.
Ella firmó, y el abogado proporcionó otro conjunto de papeles. Fueron para el registro civil. Helena se congeló. Se iba a casar de una manera tan frívola, sin la presencia de sus padres o una ceremonia bonita.
Los pensamientos fueron interrumpidos cuando el señor Russelle bruscamente tomó los papeles. Firmó en cada X, no se molestó en leer y se sentó a su lado. Él simplemente lo hizo ver como un negocio más en el que tenía que lidiar.
Helena se sintió terrible. Su estómago se revolvió al ver su indiferencia. Pensó que ese hombre no tenía sentimientos. Aunque, por otra parte, él también había perdido a un padre y tenía que lidiar con la tormenta en la manada. Ella pensó en que tal vez él no tuvo tiempo de llorar como ella lo hizo.
Respiró profundo para evitar llorar e imitó sus movimientos. Firmó en cada X con la misma indiferencia. Ya habían perdido tiempo en los anteriores papeles, así que no quiso seguir ahí por más tiempo.
Dio una mirada a su lado. El señor Russell la escudriñó con la mirada, con aquellos ojos negros como el Ónix. Helena fingió demencia y miró hacia otro lado.
―Listo, felicidades, señor y señora Russell ―dijo el abogado con una gran sonrisa.
Ella se sintió incómoda con el nuevo título. El señor Jack Russell, bueno, su esposo, estrechó la mano del abogado y este salió por la puerta dejando a los dos solos.
Un extraño silencio se posó en la oficina.
Helena no sabía qué hacer por un momento. Incómoda se removió en el sillón de la oficina y tímidamente vio la salida, pero no quiso irse de inmediato, necesitó hablar un tema más a solas.
Russell se recargó en el respaldo del sillón y cerró los ojos. Ella no pudo evitar dar un vistazo a aquel cuerpo relajado a su lado, pareció una invitación a tocarlo... Helena quitó esos pensamientos inquietantes.
―Ahora, ¿qué tengo que hacer? ―Ella intentó iniciar una conversación.
―Revisa el contrato. ―Helena odió la voz de comando de Russell.
El señor Russell... su marido, cruzó los brazos sobre su ancho pecho y permaneció en silencio por un rato. A Helena le resultó muy engreído. Miró las leves ojeras en él, se dio cuenta de que tampoco era alguien indestructible.
Helena suspiró.
Soportar la presencia de un Alfa fue difícil. Se preguntó cómo su querido padre había aguantado al gran líder por todos esos años. Pero cayó en cuenta que solo los destinados a ser Beta tenían esa capacidad. Sin olvidar a las Lunas, eran las únicas que podían agarrar a un Alfa por los “tesoros familiares” que le colgaban entre las piernas.
Ella se rio, deseó presenciar el momento en que la Luna domaría a este Alfa.
―Mi madre quiere hacer una pequeña celebración ―dijo Russell.
Él abrió los ojos y la analizó. Helena se asustó y desvió la mirada.
―¿Una boda? ¿Cuándo?
―No, es solo una cena familiar. Será en tres días. ―Aclaró―. Te enviaré lo necesario a tu casa, prepárate bien y a tiempo porque enviaré a mi chófer por ti.
Helena asintió con la cabeza, sin una expresión en su rostro. Buscó en su mente otra manera para mencionar el tema.
―Debemos fingir armonía, ¿sabes a lo que me refiero? ―Él estrechó los ojos ante la actitud esquiva de Helena―. Ahora eres la señora Russell, así que ten cuidado con lo que haces. ―Añadió, su voz fue amenazadora.
Ella asintió con la cabeza de nuevo. Guardó silencio e intentó escoger bien sus siguientes palabras. Esta vez, le miró directo a los ojos.
―¿Puedo pedirle algo? ―Ella renunció a ser sutil.
Russell, interesado, enarcó una ceja.
―Ya firmaste los papeles, no se pueden agregar más cláusulas.
Helena negó con la cabeza.
―¿Sabe quién es el asesino de nuestros padres?
Silencio. Russell no contestó de inmediato. Simplemente la observó. Ella pensó que él no respondería...
―No puedo decirte nada. Podría poner en riesgo a la investigación.
Ella entendió. El caso todavía estaba abierto y no era público. Recién se añadió a la familia Russell, así que ella no podía exigir detalles. Se sintió tonta.
―Aun así... quiero pedirle algo.
―Adelante. ―Él fue generoso, la instó a continuar.
La mirada esquiva de Helena cambió a lleno de ira.
―Por favor, cuando lo encuentre, no tenga piedad. Haga justicia.
Él la miró por un largo momento.
―De acuerdo.
Ella no necesitó más explicaciones y se retiró del lugar, sin despedirse. Y una vez fuera de esa oficina, tomó una bocanada de aire. Se tomó su tiempo para calmarse, pues no quería llorar de camino a casa.
Expulsó el aire, liberó la pesadez en su corazón.
Confió en que él tomaría venganza, era famoso por ser un hombre que lograba sus objetivos. Se sintió agradecida de que fuera aliado y no enemigo.