La sala del Consejo se había convertido en un campo de batalla donde las palabras cortaban como dagas. Los ancianos vampiros, sentados en sus tronos de ébano tallado, miraban a Darius con una mezcla de desprecio y temor. La noticia de otra masacre en el distrito norte —veintidós vampiros desangrados hasta la muerte, con sus corazones arrancados— había sido la gota que colmó el vaso.
—¡Es suficiente! —bramó Elazar, el más antiguo del Consejo, golpeando su bastón contra el suelo de mármol—. La sa