El primer rayo de sol no trajo alivio. El aire aún olía a magia quemada y a miedo. Lía y Kael no habían dormido más que unos minutos, envueltos en el sudor del placer y la sombra del presagio. El aullido de la noche anterior había sido más que un aviso; era una declaración de guerra.
Cuando salieron de la tienda, la manada ya se había reunido. Savra, con su bastón de hueso y ramas, caminaba en círculos junto al fuego central. Sus ojos estaban inyectados de rojo y su voz, al borde del delirio.
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