El cuaderno temblaba entre mis manos. Era pesado, no por su tamaño, sino por lo que contenía. Su cubierta, de cuero agrietado por el tiempo, parecía haber absorbido más lágrimas de las que yo misma había derramado. Pasé los dedos por los grabados: una media luna y una "A". El pulso me retumbaba en los oídos.
Me senté junto a la ventana, con la luz dorada filtrándose entre las cortinas. Amyra se había marchado sin decir nada más. Era increíble cómo podía conocerme tan bien en tan poco tiempo. Est