El camino de regreso se sintió eterno. Cada paso era una punzada que me atravesaba la espalda. El bosque, que anoche había sido un santuario vibrante y vivo, ahora se presentaba lúgubre y ajeno. Las hojas húmedas se pegaban a mis pies descalzos, y el frío de la mañana me mordía la piel como si quisiera recordarme cada error, cada decisión impulsiva.
Cuando crucé la verja oxidada del jardín trasero, sentí un escalofrío. Todo parecía igual, pero algo dentro de mí había cambiado de forma irrever