—Vamos a casa —susurré mientras acomodaba mi ropa con manos temblorosas y recogía el bolso del suelo. Aún sentía su calor en mi piel, como una quemadura dulce que se negaba a desvanecerse.
Kael negó con la cabeza, esbozando una sonrisa ladeada que no alcanzaba sus ojos.
—Podemos continuar… hacer que la noche sea más larga —murmuró, y deslicé la yema de mis dedos por su pecho desnudo, deteniéndome justo sobre su corazón, que latía con violencia bajo mi tacto.
—¿Estás loca? Encima de que te compr