Cuando Damián abrió la puerta, me encontró en el portal, enloquecida de dolor. Apretaba los dientes y sostenía mi costado herido. Mi rostro aún no había comenzado a hincharse, pero la rotura en mi labio sangraba profusamente.
—Nyra —corrió hacia mí—. ¿Qué pasó? ¿Qué... quién?
Sus ojos se encendieron de furia. Intenté hablar, pero terminé atragantándome y escupí un hilo de mi propia sangre. No pude más y lloré, como no lo hacía desde hacía años. Alcé las manos hacia él y me levantó del suelo, c